jueves, 8 de diciembre de 2016

LA REPÚBLICA SUICIDA (II República Española)




Ofrecemos a nuestros lectores la Introducción y los dos primeros capítulos del libro
LA REPÚBLICA SUICIDA
Los interesados en comprar el E.book y que dispongan del KINDLE-AMAZON, podrán descargarlo en este enlace.
En caso de no tener el dispositivo de lectura Kindle, puede descargarse (Gratis y antes de comprar el E.book) el Kindle para PC.



Jorge Fernández Zicavo

Registro Propiedad Intelectual de Madrid
16/2006/5627
Autoedición papel, 2006
Edición E.book Kindle-Amazon, 2016


Dedico este libro a los grandes olvidados de la "memoria histórica" políticamente correcta: a los 354 Guardias Civiles, de Asalto, Seguridad, Carabineros y miembros del Ejército que murieron defendiendo al Estado republicano en las insurrecciones armadas de las izquierdas; y a sus 921 compañeros heridos de bala. También a los 19 pasajeros muertos en el tren dinamitado en Valencia en diciembre de 1933 y a los 30 religiosos asesinados en Asturias en octubre de 1934

Lo más notable de las historias de la República y la Guerra Civil española escritas desde la izquierda, son los vacíos de sus borrados y los ruidos de sus silencios. Su patético combate contra el palimpsesto


INTRODUCCIÓN

La operación mediática denominada "recuperación de la memoria histórica", iniciada por el Partido Socialista Obrero Español, y por el Partido Comunista de España mediante su tapadera electoral Izquierda Unida, durante la campaña para las elecciones generales del año 2000 y aún plenamente vigente y potenciada, se articuló sobre una falsa narrativa de la Segunda República, cuya premisa básica afirma que las izquierdas la adoptaron como suya desde el primer momento y que la defendieron de los ataques de las derechas. Esta versión, diseñada por la propaganda de la Komintern para justificar la intervención de sus Brigadas Internacionales y del Ejército Rojo soviético durante la guerra civil, en nombre de una "lucha contra el fascismo", todavía está omnipresente en la bibliografía izquierdista.

Los hechos y documentos históricos refutan el mito de una izquierda "socialdemócrata" favorable a la República y demuestran justamente lo contrario: era una izquierda "revolucionaria"; integrada por anarquistas, comunistas y socialistas entonces "bolchevizados", que atacó al nuevo régimen desde el mismo día de su proclamación porque seguía siendo capitalista y burgués. A diferencia de las derechas, que lo acataron pues les daba igual un régimen monárquico o republicano siempre que garantizara la continuidad del sistema: democracia parlamentaria, derecho a la propiedad privada, libertad de prensa, orden público, etc.

Por supuesto, este enfoque general, basado en hechos abrumadoramente acreditados, ya ha sido expuesto por algunos (pocos) historiadores, pero el presente ensayo, soportado documentalmente por la prensa de la época y por archivos del PSOE, del PCE y de la Komintern, pretende llenar una sorprendente ausencia en la -muy escasa-, bibliografía sobre la Segunda República: la reconstrucción de las ofensivas insurreccionales de las izquierdas contra los gobiernos del nuevo régimen, la Iglesia Católica y los partidos de derechas liberales y conservadoras que han sido mencionadas fugaz y tangencialmente.

Un ejemplo notable de esta omisión, lo encontramos nada menos que en el prestigioso Hugh Thomas, que en La Guerra Civil Española dedica tres líneas a la insurrección socialista de Madrid en octubre de 1934 que duró… nueve días; lo cual demuestra que ni siquiera consultó hemerotecas y archivos de un país que sólo conoció como turista mientras leía "para iniciarme en la historia de la España moderna", El Laberinto Español, de Gerald Brenan: un libro paradigmático (por la descarada manipulación de sus lectores), en la historiografía marxista sobre la Guerra Civil española.

Aquellas insurrecciones anarquistas, comunistas y socialistas fueron toleradas durante cinco años por el oportunismo de los gobiernos republicanos de centroizquierda, y por la cobardía de los de centroderecha que no se atrevieron a aplicar todo el peso de la ley a los enemigos de la República. La indiferencia y ceguera histórica de esos políticos, ante la subversión comunista que desde la revolución rusa de 1917 se extendía por toda Europa y ya había destruido la socialdemócrata República de Weimar a beneficio de los nazis, sumiría a la Segunda República en un proceso de autodestrucción suicida que arrastraría a los españoles hacia una larga y sangrienta guerra civil.

1
LA REPÚBLICA GOLPISTA


Los datos mínimos de España en 1931, indican que por su desarrollo industrial, agrario, comercial y financiero ocupaba una posición media en la escala europea y que, en líneas generales, las rentas eran aceptablemente buenas para la clase media urbana y obrera cualificada, regular para los pequeños propietarios agrícolas, y pésima para los peones rurales: salarios miserables, analfabetismo y un latifundismo que en algunas provincias concentraba en diez familias el 60% de las tierras.

La Peseta no era una de las principales divisas internacionales, pero estaba avalada por la cuarta reserva mundial de oro. La industria metalúrgica se abastecía con la minería nacional, y la textil estaba muy desarrollada en Cataluña. El número de estudiantes universitarios se había duplicado en los últimos veinte años y la incorporación de la mujer al trabajo era lenta pero progresiva. El sector industrial empleaba a 2.325.000 personas, el de servicios a 2.500.000 y el rural a 1.900.000. En cuanto a su mundo cultural, la lista de talentos era apabullante: Benito Pérez Galdós, Pío Baroja, los hermanos Antonio y Manuel Machado, Federico García Lorca, Manuel de Falla, Jorge Guillén, Picasso, Gris, Miró, Dalí, Buñuel, Menéndez Pidal, Unamuno, Ortega y Gasset, Ramón y Cajal, Gregorio Marañón, Salvador de Madariaga, Jacinto Benavente, Gómez de la Serna, Ramón Jiménez….

El historiador Stanley Payne resumió así el primer tercio del Siglo XX en España:

El resultado, fue el comienzo de una transformación sociocultural que dio lugar a la más fundamental de las revoluciones: la revolución psicológica de las aspiraciones crecientes. En 1930 y por vez primera, millones de españoles esperaban la rápida continuación, e incluso el aumento, de mejoras cruciales en asuntos sociales y políticos. Salvo que se tome en consideración la magnitud de esa reciente expansión y sus correlativos cambios sociales y psicológicos, no puede comprenderse la sociedad española de los años treinta. Las radicales exigencias que siguieron, no derivaban del hecho de que, con anterioridad, España hubiera sido incapaz de progresar, sino precisamente de que, en muchos campos, se había llevado a cabo un veloz progreso. Conforme millones de personas experimentaban una rápida mejoría en sus vidas, ellos y también otros, estaban decididos a exigir todavía más.
(El Colapso de la República)

De las etapas precedentes, cabe destacar la Primera República (1873) que sólo duró once meses por no garantizar el orden público y la unidad nacional. La Restauración monárquica y parlamentaria de los Borbones con Alfonso XII (1875) y continuada por su hijo Alfonso XIII (1902), bajo cuyos reinados España disfrutó de desarrollo económico y estabilidad institucional gracias a una alternancia pactada de gobiernos conservadores y liberales. Y, por último, la dictadura del general Miguel Primo de Rivera (1923-1930) motivada por los fracasos militares en Marruecos y el terrorismo anarquista. Una singular "dictablanda" (Azaña: "Apenas una molestia") que, además de ser aceptada por Alfonso XIII, fue apoyada por el marxista PSOE, cuyo líder, Francisco Largo Caballero, fue nombrado Consejero de Estado para asuntos de Trabajo.

Los anarquistas, temiendo que el desarrollo económico y la democracia liberal bajo los reinados de Alfonso XII y XIII debilitaran la "conciencia revolucionaria del proletariado", durante ambos reinados asesinaron nada menos que a tres presidentes de Gobierno: Cánovas, Canalejas y Dato, y en 1906 atentaron contra Alfonso XIII el día de su boda provocando treinta muertos y cien heridos entre el público que presenciaba en la calle Mayor, de Madrid, el paso del carruaje tras la ceremonia religiosa en la iglesia San Jerónimo, el Real.

En 1909, provocaron la "Semana Trágica de Barcelona": 118 muertos y 350 heridos, más 19 iglesias, 20 conventos y 17 colegios religiosos incendiados. En 1917, junto con la Unión General de Trabajadores (PSOE), declararon una huelga revolucionaria que causó 93 muertos y 150 heridos.

El balance del terrorismo anarquista de esos años arroja cifras impresionantes: sólo entre 1917 y 1923 se computaron 1.400 atentados, que causaron más de 1.000 víctimas entre muertos y heridos. La dictadura de Primo de Rivera puso fin a esos veintisiete años de pesadilla terrorista, pero en 1931, la anarquista Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) tenía unos 600.000 afiliados. El anarquismo español fue el más poderoso del mundo y el único que consiguió implantar un régimen de comunismo libertario: en Aragón y Cataluña, durante el primer año de la guerra civil.

La violencia anarquista en España durante el Siglo XIX y primeras décadas del XX ya preanunciaba lo que ocurriría durante la Segunda República.

Respecto a la llegada de ésta, que la demagogia izquierdista asignó "al pueblo", lo cierto es que el cambio de régimen fue pactado en San Sebastián (17.8.1930) por políticos y militares de derecha, centro e izquierda, liderados por el partido Derecha Liberal Republicana de Niceto Alcalá-Zamora. El “pueblo”, no tuvo ningún protagonismo.

En diciembre de 1930, los conspiradores habían intentado precipitar la caída de la monarquía mediante un alzamiento militar en Jaca (Huesca), pero fracasaron y fueron fusilados los capitanes del Ejército, Galán y García Hernández.

Finalmente, el 14 de abril de 1931 lograron proclamar la Segunda República al convertir las elecciones municipales del día 12 en un golpe de Estado.

En la noche del lunes 13, el Ministerio de Gobernación comunicó que los monárquicos habían ganado en treinta y nueve de las cuarenta y siete provincias por 22.150 concejales contra 5.875 de republicanos y socialistas. Pero éstos últimos, más votados en las grandes ciudades, al día siguiente emitieron un Manifiesto Revolucionario afirmando que esos votos, "la voz de la España viva", eran más relevantes que "el voto rural de los feudos" y que, en consecuencia, "han tenido el valor de un plebiscito desfavorable a la Monarquía y favorable a la República".

Añadían que, "en nombre de esa España mayoritaria (sic) que circunstancialmente representamos", implantarían la República aunque se opusieran "las instituciones más altas del Estado, los órganos de Gobierno y los Institutos armados".
En otras palabras: si el Rey, el Gobierno y el Ejército no entregaban el poder a quienes ganaron las elecciones municipales en las capitales de algunas provincias, lo tomarían violentamente.

Esta fue la primera plana del diario republicano-conservador Ahora:

Horas de terrible incertidumbre. Un momento angustioso en el que se está forjando el porvenir de la Patria.

Y, habiendo ganado los monárquicos por una proporción de cuatro a uno:

El triunfo electoral del bloque antimonárquico en casi toda España ha puesto al país en el duro trance de la revolución.

Incertidumbre, angustia, triunfo y revolución. El orden de estas palabras no era casual: técnicas subversivas de escalada de la tensión. Estaban tan decididos a tomar el poder como fuera, que introducían el término revolución, y no reparaban en la incongruencia de incluir el comunicado oficial con el triunfo de… los monárquicos.

El Debate (Acción Católica) refutaba la hipótesis golpista del plebiscito:

Quienes creen obligada la abdicación del Rey por consecuencia de las elecciones del domingo, dan a estas el alcance y el carácter de un plebiscito republicano, de un fallo definitivo e inapelable. No hay tal (…) No ha habido en el supuesto plebiscito mayoría republicana. Se quiere prescindir de las elecciones en miles de pueblos. ¿Qué es esto? ¿Hay españoles de inferior condición ciudadana? ¿Qué espíritu democrático sostiene esa monstruosidad? (…) Los republicanos, en suma, pueden estar satisfechos de su triunfo; pero no pueden decir que anteayer decidió España cambiar su forma de Gobierno. Ni dijo España eso, ni nadie se lo preguntó.

El monárquico ABC proponía una solución legal y democrática:

La jornada electoral del domingo acentúa la crisis en que nos hallamos desde la caída de la Dictadura. Sólo el Parlamento puede darle solución legítima. Lo demás, todo lo que se intente y se haga sin la decisión del Parlamento, cualquier empeño de resolver la crisis ilegalmente y de imponer hechos consumados a la soberanía nacional, sería la discordia y el desorden.

Pero el rey Alfonso XIII, apoyado sólo por una parte del Ejército y abandonado por íntimos colaboradores, como el ministro de Exteriores, Álvaro de Figueroa, y el presidente del Gobierno, almirante Juan Bautista Aznar, decidió marcharse del país para evitar una guerra civil.

Lo hizo a las nueve de la noche del 14 de abril, dejando un Mensaje marcado por la desinformación interesada (ganaban las elecciones) y fuertes presiones psicológicas, de un entorno derrotista:

Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo. Mi conciencia me dice que ese desvío no será definitivo, porque procuré siempre servir a España, puesto el único afán en el interés público hasta en las más críticas coyunturas. Un Rey puede equivocarse, y sin duda erré yo alguna vez; pero sé bien que nuestra Patria se mostró en todo momento generosa ante las culpas sin malicia. Soy el Rey de todos los españoles, y también un español. Hallaría medios sobrados de mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil. No renuncio a ninguno de mis derechos, porque más que míos son depósito acumulado por la Historia, de cuya custodia ha de pedirme un día cuenta rigurosa. Espero a conocer la auténtica y adecuada expresión de la conciencia colectiva, y mientras habla la nación suspendo deliberadamente el ejercicio del Poder Real y me aparto de España, reconociéndola así como única señora de sus destinos. También ahora creo cumplir el deber que me dicta mi amor a la Patria. Pido a Dios que tan hondo como yo, lo sientan y lo cumplan los demás españoles.

(ABC, 17.04.1931)

La alteración del escrutinio por el Gobierno de facto fue tan delictiva, que nunca se publicaron los resultados, ni existe Acta oficial de las elecciones más escandalosas de la historia de España, en las que votaron 2.914.080 ciudadanos.

Después de dos años y ocho meses, se dieron a conocer datos "estimados" en el Anuario Estadístico Madrid 1932-1933 editado por el Instituto Geográfico; el organismo oficial de censos, estadísticas y catastro.

En él "se estima" que los republicanos obtuvieron 40.168 concejales y 19.035 los monárquicos, pero añadiendo que en el grupo Otros ("presumibles monárquicos") se computan 15.198 concejales; y que un cuarto grupo, calificado como Sin Datos, obtuvo 6.991. Esperpéntico informe oficial: "estimados, presumibles, otros y sin datos".

Además, el Anuario no cita la fuente de esas cifras, ni menciona los votos recibidos por cada partido. De todas maneras, la inexistencia del Acta constituye la prueba más rotunda de la anulación de la voluntad popular llevada a cabo por el PSOE y los partidos republicanos. Que en diciembre de 1931 la Segunda República fuera legitimada por una Constitución, no elimina el hecho irrefutable de que se implantó mediante un golpe de Estado electoral.
Los datos del Anuario fueron recogidos en Elecciones y Partidos Políticos de España 1868-1931, de Manuel Cuadrado, quien advirtió:

Estos datos, aparte de confusos en su especificación, son los únicos estimados por el Instituto Geográfico.

Pero a pesar de la advertencia, García Venero, en su libro Madrid, Julio 1936, transforma la estimación en certeza:

Ante la única realidad estadística de que disponemos, parece derrumbarse el supuesto de que el número de concejales monárquicos superó a los republicanos y socialistas.

Por su parte, Emiliano Aguado, en su hagiografía Don Manuel Azaña Díaz, lleva la confusión al paroxismo:

La verdad era que la República había triunfado en las urnas teniendo menos votos que la Monarquía.

Pero, tras reconocer el fraude, lo legitima desde una retórica antidemocrática propia del poeta Pablo Neruda:

La República no necesitaba los votos; pues estaba en las calles, en las fábricas, en el aire y en los labios de los españoles.

Para justificar al golpista Azaña, su hagiógrafo propone que los gobiernos no se elijan por votos, sino por encuestas.

En síntesis, el 14 de abril de 1931 muchos españoles festejaron la proclamación de la Segunda República en las calles. Recambio de un régimen decimonónico agotado, pero no elegida en las urnas por una nación convocada a un Plebiscito o Referéndum sino a unas elecciones municipales; cuyos resultados, por añadidura, fueron manipulados.

El análisis de estos hechos, basado en cifras y datos documentados, evidencia que la Segunda República, tal como reconocieron sus protagonistas, se implantó mediante un golpe de Estado:

El gobierno provisional de la República ha tomado el Poder sin tramitación y sin resistencia ni oposición protocolaria alguna; es el pueblo quien le ha elevado a la posición en que se halla y es él quien en toda España le rinde acatamiento e inviste de autoridad. En su virtud, el presidente del Gobierno provisional de la República asume desde este momento la jefatura del Estado con el asentimiento expreso de las fuerzas políticas triunfantes, y de la voluntad popular, conocedora, antes de emitir su voto en las mismas, de la composición del Gobierno provisional. Interpretando el deseo inequívoco de la nación, el comité de fuerzas políticas coaligadas para la instauración del nuevo Régimen designa a D. Niceto Alcalá Zamora y Torres para el cargo de presidente del Gobierno provisional de la República.

Madrid, 14 de abril de 1931

El Gobierno golpista ni siquiera intentó disimularlo: "ha tomado el Poder"; y con una sintaxis antológica homologó ¡Vivas! y Votos… porque "la voluntad popular asintió… antes de emitir su voto".

El historiador Pío Moa refuta el origen izquierdista y popular de la Segunda República:

Contra una opinión extendida, la República llegó de manos derechistas y, en lo que tuvo de pacífica, por la monarquía. Fueron los conservadores Alcalá-Zamora y Maura los que recogieron las dispersas fuerzas republicanas, les dieron impulso y orientación, y las arrastraron audazmente a ocupar el poder el 14 de abril. Cabe especular que de todas maneras la tendencia dominante en aquellos tiempos era la de izquierda, y que ésta acabaría imponiéndose y trayendo el nuevo régimen, incluso si los conservadores se hubieran tenido aparte. Posiblemente. Pero aun dando por segura esa suposición la República hubiera llegado de otro modo y en otro momento, lo que puede marcar diferencias decisivas. Y tampoco es fácil que la corona hubiera cedido el paso tan dócilmente a una conjunción puramente izquierdista y anarquista.

(Los personajes de la República vistos por ellos mismos)

Y cita a Miguel Maura, Ministro de Gobernación del Gobierno provisional:

La Monarquía se había suicidado, y por tanto, o nos incorporábamos a la revolución naciente para defender dentro de ella los principios conservadores legítimos, o dejábamos el campo libre, en peligrosísima exclusiva, a las izquierdas y agrupaciones obreras

Y a Alcalá-Zamora. Discurso pronunciado en Valencia un año antes; el 13 de abril de 1930:

La mejor solución es la República, para la que existe en España ambiente favorable. Una República, viable, gubernamental, conservadora… la sirvo, la gobierno, la propongo y la defiendo. Una República convulsiva, epiléptica, llena de entusiasmo, de idealidad, mas falta de razón, no asumo la responsabilidad de un Kerenski para implantarla en mi patria.

El Gobierno provisional se constituyó a las siete de la tarde en el Ministerio de Gobernación con republicanos de izquierda y derecha, socialistas y conservadores; aunque su composición parecía más una célula masónica (nueve de los doce ministros, incluido Martínez Barrio: Soberano Gran Inspector General, Grado 33, del Grande Oriente Español), que un gabinete ministerial.

La combinación de marxistas y masones era un mal presagio para la Iglesia. Y también lo era, para esta Segunda República, el espectro de la efímera Primera (febrero 1873 a diciembre 1874), destruida por los "cantonalistas" que querían fundar una Federación de Naciones, como Suiza.

No obstante, los peores augurios sobre la Segunda República surgían al constatar que unos pequeños burgueses, más o menos jacobinos pero defensores de una sociedad económicamente capitalista y políticamente democrática, habían formado coalición con el PSOE, un partido marxista para el que la República "burguesa" solo era una mera etapa hacia la dictadura del proletariado.

Esta arriesgada alianza estaba determinada por la debilidad de los minúsculos partidos republicanos. El PSOE les proporcionaba una gran masa electoral y su poderosa Central Sindical: la Unión General de Trabajadores (UGT).

Pero, con todo, lo más grave no eran las servidumbres de los partidos a la aritmética electoral, sino las psicologías de políticos sectarios y arrogantes como el presidente Alcalá-Zamora y su ministro de guerra Manuel Azaña, que aseguraban su intención de "no permitir" una República gobernada por la derecha, alegando que sólo la izquierda podía reformar las estructuras económicas y sociales. Argumentación profundamente antidemocrática. E insólita, si tenemos en cuenta que la derecha republicana radical tenía dos ministros en el Gobierno provisional, y que uno de ellos era el Gran Maestre, Martínez Barrio, que podría haber moderado las disputas entre los "hermanos".

Apuntemos que la masonería no sólo tendría presencia relevante en todos los gobiernos de esta Segunda República, sino también en las Cortes, inauguradas el 14 de julio de 1931, donde constituían un tercio de los diputados. Con todo, esta presencia no debería resultar sorprendente, pues desde la Ilustración y la Revolución francesa, masonería y república pasaron a ser conceptos inseparables y progresistas que hicieron posible las independencias americanas, la caída de las monarquías absolutistas y la expansión de la democracia. Sin embargo, en su liberalismo tiene cabida el federalismo, palabra siempre inquietante en España. Pero, a pesar de la debilidad de los pequeños partidos republicanos, aquel Gobierno, provisional e ideológicamente dividido, decidió enfrentarse a la Iglesia, a la oligarquía terrateniente y al Ejército.

En la tarde del 14, el presidente de la Generalitat catalana, Francesc Maciá, proclamó la República Catalana Libre. Aterrorizado, Alcalá-Zamora le prometió la Autonomía para Cataluña y nombró al ultranacionalista Lluís Companys, gobernador civil de Barcelona. En esa ciudad, los anarquistas asaltaron una comisaría, con un saldo de doce heridos de bala. Al anochecer, Alfonso XIII viajó a Cartagena y embarcó rumbo a Marsella. Al conocer esta noticia, los comunistas madrileños provocaron desórdenes frente al Palacio Real, siguiendo las indicaciones de una organización desconocida entonces por muchos españoles:

Solamente si el Partido Comunista es capaz de desenmascarar la política de traición del republicanismo burgués en España, y sus agentes en el seno de la clase obrera representados por la socialdemocracia y el anarquismo; si en la lucha por las reivindicaciones de las masas es capaz de destruir las ilusiones republicanas en el seno de éstas, será capaz de transformar el movimiento de las masas en lucha por la destrucción del sistema capitalista.

(Antonio Elorza y Marta Vizcarrondo, Queridos camaradas)

Una auténtica declaración de guerra a la Segunda República lanzada por la Komintern: III Internacional – Comunista, fundada por Lenin en 1919. Un organismo del Partido Comunista de la URSS y, por lo tanto, del Gobierno soviético. Esta simbiosis con un Partido-Estado hacía que fuera, al mismo tiempo, la jefatura del movimiento comunista internacional y un organismo paraestatal de la URSS. Logísticamente era apoyada por la sección Operaciones Exteriores de la NKVD: el aparato de Seguridad del Estado, más tarde denominado KGB.

Pero lo trascendente de la citada declaración de guerra a la República, es que fue leída por el presidente ejecutivo de la Komintern, Dimitri Manuilski, durante la clausura del XI Pleno celebrado en Moscú el 13 de abril de 1931; es decir, que esta línea estratégica fue ordenada al PCE el día anterior a la proclamación de la Segunda República.

Las consecuencias fueron inmediatas: como se ha mencionado, al día siguiente (14), los comunistas madrileños intentaron asaltar el Palacio Real al grito de...

¡VIVA RUSIA Y VIVAN LOS SOVIETS!

Ese mismo día, Mundo Obrero, diario del Comité Central del Partido Comunista s.e.i.c. editó un número especial con la portada…

¡ABAJO LA REPÚBLICA Y VIVAN LOS SOVIETS!

Así recibieron a la Segunda República los comunistas: un pequeño grupo escindido en 1920 de la Federación de Juventudes Socialistas del PSOE, bajo la influencia de los delegados de la Komintern, Mijail Gruzenberg (ruso), Charles Phillips (estadounidense) y Manabendra Nath Roy (hindú). Al año siguiente, fundaron el Partido Comunista de España s.e.i.c. (Sección Española de la Internacional Comunista), supervisada desde Moscú por el Secretariado de Países Latinos de la Komintern: un organismo integrado por el suizo Jules Humbert Droz, el búlgaro Stoyen Minev, el húngaro Herno Gero, y los italianos Palmiro Togliatti y Vittorio Codovilla. Este último, nacionalizado argentino y cofundador del PCA. Más adelante, estos revolucionarios profesionales tendrían un destacado protagonismo en la guerra civil española.

El 15 de abril no hubo incidentes en Madrid, pero en Bilbao los comunistas asaltaron la cárcel de Larrinaga liberando a ciento veintinueve presos comunes. En Sevilla asaltaron dos armerías, se tirotearon con la Guardia Civil con un balance de dos muertos y diecisiete heridos y, finalmente, al grito de ¡Vivan los Soviets y la República Comunista! atacaron el cuartel del Regimiento de Infantería Soria. En Barcelona se produjo un tiroteo entre miembros del Sindicato Único (anarquista) con el resultado de dos muertos y cinco heridos.

Ese mismo día entraba clandestinamente en España el líder anarquista Buenaventura Durruti, acusado de haber asesinado al cardenal Juan Soldevila, de intentar secuestrar en 1926 a Alfonso XIII en París, y de atracar bancos en La Habana, México, Santiago de Chile y Buenos Aires. La llegada de Durruti pocas horas después de proclamarse la República, es un dato significativo.

El 17, una nueva amenaza separatista: el Ejército ocupó Guernica para impedir la proclamación de la República Vasca. Pensaban leer el siguiente documento:

Nosotros, apoderados de los Municipios vizcaínos reunidos en Junta general en el árbol de Guernica, en nombre de Dios Todopoderoso y del pueblo vizcaíno, pedimos que se proclame y reconozca solemnemente la República vasca. Invitamos a los representantes de Álava, Guipúzcoa y Navarra a una similar expresión y adhesión, para llegar al establecimiento de la República vasca o del organismo que libremente represente a nuestra Nación (…) Se establecerá sobre la base de gobierno propio y de federación con los otros Estados de la Península Ibérica.

(El Debate, 18.04.1931)

El día 21, ABC publicó una carta del general de brigada Francisco Franco Bahamonde, entonces director de la Academia Militar, en la que pedía rectificar una noticia errónea: que había sido nombrado Alto Comisario en Marruecos.
Respecto a República expresaba…

Su firme propósito de respetar y acatar la soberanía nacional, anhelando que ésta se exprese por los adecuados cauces jurídicos.

Al día siguiente, ABC se arriesgó a romper la autocensura del resto de la prensa:

Un Gobierno que se ha nombrado a sí mismo, que se ha formado espontáneamente sobre una suposición de voluntad nacional, que se arroga la "plenitud de poderes" sin ninguna limitación legal y que se ha erigido sobre la anulación del Código constitucional y sus garantías, es una dictadura típica, inconfundible.

Así llegó la Segunda República, y así la recibieron sus enemigos: comunistas, anarquistas y nacionalistas catalanes y vascos. En 1934, se les sumarían los socialistas.

En tan sólo 15 días, los ataques contra el nuevo régimen ocasionaron cinco muertos y treinta y cuatro heridos de bala.

2
MAYO DE FUEGO


No tardaron mucho las izquierdas en reiniciar su violencia proletaria contra la República "democrática burguesa". El 30 de abril, como anticipo del 1º de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores, los anarquistas barceloneses saquearon un mercado, y en las Ramblas exigieron al cuartel de la Guardia Civil que les entregaran sus armas. Al día siguiente correría la sangre.

En Barcelona, los comunistas antiestalinistas del Bloque Obrero Campesino (BOC) se reunieron en el Palacio de Proyecciones (en lo que fue el recinto de la Exposición Internacional de 1929). Su líder, Joaquín Maurín, propuso:
Asaltar el Banco de España, repartir las tierras, formar tribunales revolucionarios, desarmar la Guardia Civil, disolver la Policía, reemplazar al Ejército por milicias populares y armar al pueblo para defender la revolución.

Al terminar, coincidieron con los del PCE, que salían del Palacio del Vestido marchando tras la pancarta Sección Española de la Internacional Comunista, y juntos se dirigieron a la sede de la Generalitat (Gobierno de Cataluña), donde exigieron ser recibidos por el presidente Maciá. Minutos después llegaron los anarquistas, que venían de celebrar su mitin en el Palacio de Bellas Artes y, tras ser rechazados por la policía, los tres grupos comenzaron a disparar contra el edificio matando a un guardia e hiriendo a dos. Los atacantes sufrieron diez heridos de bala. El gobernador civil, Companys, movilizó al Ejército.

En Bilbao, los comunistas se reunieron en el teatro de los Campos Elíseos, donde la vizcaína Dolores Ibárruri, "Pasionaria", pronunció un duro discurso contra el Gobierno provisional. A continuación, salieron a la calle portando carteles de ¡Gora Euzkadi Askatuta! (Viva Euzkadi Libre) y gritando ¡Viva el comunismo! y ¡Muera la República! Un escuadrón de la Guardia de Seguridad cargó contra ellos, y se desató un tiroteo que causó veintiséis heridos.

A pesar de la gravedad de estos sucesos, con intervención del Ejército incluida, en sus Memorias, marcadas por una amnesia selectiva que supera todo lo previsible en este tipo de libros, Alcalá-Zamora sólo mencionaría el 1º de Mayo en Madrid:

Los espléndidos comienzos de la República parecían afirmarse y el magnífico 1º de mayo tuvo su confirmación de entusiasmo ordenado y tranquilizador con motivo del homenaje a la memoria del fundador del Partido Socialista, Pablo Iglesias.

Días después, el insólito Gobierno de masones de izquierda y derecha, católicos y marxistas, liberales y conservadores, inició su ofensiva contra la Iglesia, que el 15 de abril había hecho público su acatamiento a la República. El 16, el obispo de Barcelona, monseñor Irurita, pidió a sus fieles "el espíritu de cristiano acatamiento al nuevo régimen".

El 17, el Cabildo Catedral de Madrid visitó al Ministro de Justicia para expresarle igual posición, y en días siguientes se emitieron pastorales de similar contenido en todas las provincias. El día 24, el nuncio del Vaticano en Madrid, Federico Tedeschini, escribía a todos los obispos españoles:

De parte del Eminentísimo Señor Cardenal Secretario de Estado de Su Santidad (Eugenio Pacelli, futuro Pío XII), me honro en comunicar a V.E. Rvma. ser deseo de la Santa Sede que V.E. recomiende a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles de su diócesis que respeten los poderes constituidos y obedezcan a ellos para el mantenimiento del orden y para el bien común.

(Víctor M. Arbeloa, La semana trágica de la Iglesia en España)

Los ciudadanos católicos, por su parte, el 26 habían fundado el partido Acción Popular, liderado por el periodista y catedrático de derecho, José María Gil Robles…

para defender los tradicionales valores de religión, familia, orden y propiedad.

Pero el 6 de mayo, el Gobierno provisional eliminó la enseñanza obligatoria de religión en las escuelas públicas mediante un decreto que rompía el Concordato con la Santa Sede. Al día siguiente El Debate publicó una carta pastoral del arzobispo de Toledo, Pedro Segura, que reproducía las instrucciones del Vaticano fechadas el 29 de abril. La consigna era:

Conseguir que sean elegidos para las Cortes Constituyentes candidatos que ofrezcan plena garantía de que defenderán los derechos de la Iglesia y el Orden Social.

La Iglesia y los ciudadanos católicos, en definitiva, querían defender sus intereses y derechos en las elecciones del 28 de junio, pero a este proceder legalista y democrático el Gobierno de "los hijos de la luz" respondió con una brutal agresión.

Datos recopilados en los diarios Ahora, El Sol, El Debate y El Socialista.

Domingo 10: Unas 500 personas se reunieron en el Círculo Monárquico de Madrid (Alcalá, 67) para fundar la Agrupación Monárquica Independiente con vistas a las próximas elecciones. Una vez elegido el Comité Ejecutivo pusieron en un gramófono el disco de la Marcha Real y la cantaron dando vivas al Rey. Como respuesta, un grupo de agitadores republicanos situados en la acera desde las primeras horas, incendió tres automóviles y un kiosco del diario católico El Debate. Acudió una dotación policial, y más tarde, el Jefe Superior de policía de Madrid, que ordenó detener… a los monárquicos. Una vez dentro del camión celular, éstos fueron bajados y apaleados por los agitadores. También acudió el ministro de Gobernación, Miguel Maura. Después de cinco horas de incidentes, un escuadrón de caballería de la Guardia Civil despejó la zona y los monárquicos detenidos fueron trasladados a la Dirección General de Seguridad.

Luego, alguien dijo que el director de ABC, Juan Ignacio Luca de Tena, había disparado a un taxista por dar vivas a la República. Las turbas se dirigieron a la sede del diario y se tirotearon con la Guardia Civil, resultando heridos un niño de trece años y el portero de una finca cercana, que fallecieron horas después. El bulo del taxista fue desmentido por el Ministerio de Gobernación.

A las seis de la tarde llegó a la Puerta del Sol un grupo con banderas rojas que detuvo la circulación de los tranvías y prendió fuego a un kiosco de El Debate.

Desde un balcón de Gobernación, Maura les pidió calma y prometió a los pistoleros e incendiarios... ¡Hacer justicia!

Horas después, llegaron milicianos socialistas que protegieron los tranvías y fueron asaltadas las armerías de las calles Hortaleza, 11 y Cava Baja, 21. A la medianoche, manifestantes del barrio obrero de Cuatro Caminos llegaron a Sol y se situaron frente a Gobernación, donde estaba reunido el Gobierno; hubo disparos, cinco heridos de bala y dos pistoleros detenidos. Luego, un socio del Ateneo (Centro masónico de las Ciencias, Letras y Artes, presidido por Azaña) leyó desde un balcón del Ministerio las medidas que debería tomar el Gobierno:

"Desarmar a la Guardia Civil, cesar al ministro Maura, suspender la prensa enemiga y expulsar a las órdenes religiosas".

Hubo fuertes discusiones respecto a esa manifestación.

Maura:
Con que den ustedes la orden a la Guardia Civil de que salga a la calle, yo les garantizo que en diez minutos no queda en ella ni uno.

Azaña:
Me opongo decididamente; no continuaré un minuto en el Gobierno si hay un solo herido en Madrid por esa estupidez.

(Maura, Así cayó Alfonso XIII)

La "estupidez" de Azaña ya era un motín en toda regla, y no había hecho más que empezar.

Lunes 11: En Madrid fueron incendiados totalmente diez conventos, tres colegios, dos iglesias, cuatro escuelas (dos de artes y oficios, gratuitas para hijos de obreros) y el Instituto de Artes e Industrias (actual ICADE, de la calle Alberto Aguilera). Resultaron parcialmente incendiados otros seis conventos, un colegio y una iglesia. En total ardieron veintiséis edificios religiosos. Más un museo de mineralogía, una biblioteca con 20.000 volúmenes, los archivos del paleógrafo García Villada en el colegio de Las Maravillas, y otra biblioteca con 80.000 volúmenes (segunda gran biblioteca de España después de la Nacional), en la calle Flor Baja. Todo ello, a pesar de que a las tres de la tarde se había declarado el Estado de Guerra.

El primer incendio fue en la calle Flor Baja y Gran Vía, donde ardieron un convento de jesuitas, otro de San Bernardas, una iglesia y un colegio. Los otros conventos estaban ubicados en Bravo Murillo 107 y 122, en Villamil 16 y 18, en Martín de los Heros, Ferraz, Alberto Aguilera (residencia de jesuitas) y en el distrito de Chamartín de la Rosa. En el convento de las Mercedarias de San Fernando (calle Villamil), las turbas desenterraron restos de monjas y los quemaron en la calle.

En Málaga capital, incendiaron el Palacio Episcopal, dos conventos y el diario Unión Mercantil. En el resto de la provincia ardieron o fueron saqueados treinta y ocho templos y edificios eclesiásticos.

En Cádiz, dos conventos, el diario monárquico Informaciones, el Centro de Estudiantes Católicos y la Residencia de Jesuitas.

En Valencia, ardieron veintiuno templos y edificios eclesiásticos.

En Alicante, incendiaron cinco conventos: Salesianas, Carmelitas, Compañía de María, Maristas, y Jesús y María. Cuatro conventos: San Francisco, Oblatas, Agustinos y Capuchinos. La parroquia de Benatúa y el diario La Voz de Levante.

En Sevilla, un convento de jesuitas, la iglesia del Buen Suceso y dos edificios eclesiásticos.

En Murcia, ardieron la iglesia gótica de La Purísima, los conventos de las monjas Isabelas y Verónicas, y el diario católico La Verdad.

En Madrid, la policía detuvo a ochenta comunistas que provocaban a tropas del Ejército apostadas en la Plaza Mayor.

Martes 12: En Cádiz, fueron incendiados dos conventos: Ntra. Sra. Del Carmen, y Santo Domingo.

En Córdoba, incendiaron el convento de San Cayetano, donde se tirotearon con la policía (tres muertos y cinco heridos) y asaltaron una armería, donde hubo otro tiroteo.

En Granada, incendiaron un colegio de los Maristas, el convento de los Agustinos, el diario católico La Gaceta del Sur y dinamitaron el convento de las Carmelitas.

En Algeciras, incendiaron dos edificios eclesiásticos.

En Sagunto, incendiaron los conventos de San José y de Carmelitas descalzos.

En el Ateneo de Madrid se celebró una Junta para someter a votación la propuesta de que el Gobierno provisional se constituyera como "dictadura revolucionaria". Azaña, que les había autorizado a leer su proclama en el Ministerio de Gobernación, les dijo que… "no debían intervenir en política".

Miércoles 13: Expulsado del país el cardenal Pedro Segura.

Jueves 14: Clausurados los centros del PCE en Sevilla.

Viernes 15: Los comunistas incendiaron un convento en Granada, y en Madrid fueron detenidos dieciséis de sus militantes.

Sábado 16: Expulsado el obispo de Vitoria, Mateo Múgica.

Domingo 17: El Socialista: "Los monjes incendiaron los conventos obedeciendo al ex Rey".

Domingo 24: Detenidos 24 comunistas en Madrid.

Miércoles 27: Enfrentamientos entre comunistas y soldados en Pasajes (San Sebastián): seis muertos y dieciocho heridos. En Barcelona fueron detenidos veintitrés comunistas en la calle Amalia.

Estos datos, tomados de la prensa y cotejados con los computados por la Iglesia, arrojan un total de 113 edificios religiosos incendiados o saqueados, entre el 11 y 30 de mayo.

Toda la prensa madrileña coincidió en que guardias civiles y soldados se limitaron a impedir que los curiosos se acercaran demasiado a los edificios en llamas. Sin detener a los incendiarios, ni a los saqueadores, ni a los pistoleros.

En cuanto a los bomberos, solo apagaban las llamas que amenazaban edificios colindantes. Al llegar al Instituto de Alberto Aguilera dijeron a las turbas amenazantes que "no iban a apagar el incendio".

Estos incendios, vistos antes en la Rusia soviética contra templos cristianos ortodoxos y luego en la Alemania nazi contra sinagogas, fueron trivializados por la izquierda. A los terroristas protegidos por el Gobierno, el dirigente del PSOE y ministro de Hacienda, Indalecio Prieto, les llamó "bandas de golfos". El Socialista, "grupos de muchachos"y el historiador izquierdista Gabriel Jackson, "pequeñas bandas de jovenzuelos".

Culpar a gamberros domingueros tenía su lógica: despolitizando los hechos se borraban responsabilidades. Estos comentarios parecen una confesión.

Efectivamente, como argumentaba la jerarquía eclesiástica, el Gobierno no podía llevar a cabo las medidas proyectadas: matrimonio y divorcio civil, o supresión de las órdenes religiosas, entre otras, porque suponían la ruptura unilateral del Concordato vigente entre el Estado vaticano y el español; un Estado, por añadidura, en manos de un Gobierno de facto y provisional.

La pragmática Iglesia Católica acataba la República y el Gobierno provisional, pero no podía aceptar que éste legislara contra ella por medio de decretos inconstitucionales. Pedía, en definitiva, esperar la normalización jurídica del nuevo régimen. Pero ante un Gobierno como aquel, esos razonamientos resultaban inútiles.

Ya vimos lo que hicieron quienes pretendían hacer reformas con procedimientos revolucionarios; típica confusión de los burgueses "de izquierda". Con el agravante de tratarse de un Gobierno integrado por conservadores católicos, liberales masones, y marxistas, que no sustituyeron a la monarquía por una revolución popular sino por un golpe de Estado electoral. Esta confusión sobre su origen, que impidió formar un equipo de ministros ideológicamente homogéneo, provocaría los graves errores de los fundadores de la República y su derrota electoral en 1933.

De ahí la importancia del Mayo de fuego: primera manifestación de la naturaleza violenta y antidemocrática de la República jacobina y socialista. Y segunda aparición, en sólo treinta días, del terrorismo que destruiría la Segunda República por lo mismo que la Primera: por su incapacidad para garantizar el orden público. Más exactamente, por su alianza suicida con el PSOE, que tenía como meta la destrucción de la República burguesa y capitalista.

En aquellas jornadas se escribió el primer capítulo de la larga y escalonada guerra civil, sus llamas enviaron señales de humo anunciadoras de malos tiempos y peores fuegos.

Indignado, el republicano y masón José Ortega y Gasset, escribiría semanas después, apuntando a los jacobinos:

Gentes con almas no mayores que las usadas por los coleópteros han conseguido en menos de dos meses encanijarnos esta República (…) toda esa botaratería que pretende hacer de la República su propiedad privada y se atribuye, tan arbitraria como audazmente, la representación auténtica del pueblo (..) Mentes arcaicas (…) sólo saben recaer en los tópicos del pasado y se empeñan en que nuestra naciente democracia sea como la de hace cien años y cometen, sin renunciar a ninguna, todas las insensateces y todas las torpezas en que aquellas se desnucaron.

(Ricardo de la Cierva, La historia se confiesa)

Como era previsible, en sus Memorias, Alcalá-Zamora eludió su responsabilidad como presidente del Gobierno provisional y apuntó claramente a Azaña:

Las consecuencias para la República fueron desastrosas: le crearon enemigos que no tenía; quebrantaron la solidez compacta de su asiento; mancharon un crédito hasta entonces diáfano e ilimitado; motivaron reclamaciones de países tan laicos como Francia o violentas censuras de otros como Holanda. Se envenenó la relación entre los partidos. (...) La actitud de los ministros conocidamente masones fue correctísima. Es verdad que acabó perteneciendo a la masonería quien permitió o favoreció con su actitud la propagación de los incendios (Azaña) pero no se afilió hasta un año después.

A pesar de ser masón, el ministro de Estado (Exteriores), Alejandro Lerroux, escribió años más tarde:

La Iglesia no había recibido con hostilidad a la República. Provocarla a luchar apenas nacido el nuevo régimen era impolítico e injusto. La guerra civil que espiritualmente quedó encendida con las hogueras de los conventos del 10 (sic) de mayo de 1931 hubiera podido ponerse sobre las armas inmediatamente.

(La pequeña historia de España)

Después de otras experiencias posteriores, como el incendio de sinagogas por las SS en La noche de los cristales rotos, en 1938, o las iglesias incendiadas por los peronistas argentinos en 1955, en estos incendios españoles pueden apreciarse las huellas inconfundibles de una operación de terrorismo de Estado. Deducción basada en el sentido político de los hechos, en su desarrollo cronológico y en la permisividad cómplice del Gobierno:

─La policía no detuvo a los reventadores de un acto realizado en un Centro legal, sino a los agredidos; ni a los incendiarios de coches. En un suceso que duró 5 horas.

─Su actuación tuvo tal dimensión política, fue policialmente tan excepcional, que la operación fue dirigida personalmente por el Jefe Superior de policía de Madrid; algo insólito. Y por si fuera poco, también intervino el ministro Maura, quién, como haría a las seis de la tarde en Sol, "pidió calma" a los incendiarios y les prometió "que se haría justicia".

─Tampoco detuvo la policía a quienes dispararon contra el edificio del ABC. Ni siquiera habiendo dos heridos, que horas después murieron.

─Ante una situación de motín en la ciudad, no se ordenó algo tan obvio como custodiar las armerías.

─Una institución civil (Ateneo) leyó una Proclama revolucionaria desde el balcón de un Ministerio donde estaba reunido el Gobierno, diciéndole lo que debería hacer.

─El Gobierno suspendió esa noche la prensa de las víctimas del terrorismo: El Debate hasta el 19 de mayo y el ABC hasta el 5 de junio. Pero no clausuró El Socialista, que incitaba a las turbas diciendo que los monjes… "Disparaban al pueblo y escondían ametralladoras, granadas y dinamita".

─A las tres de la madrugada, el general Queipo de Llano dijo a las turbas en Sol: "Se hará justicia con las provocaciones infames de los monárquicos". Lo cual las excitó aún más y las estimuló a ajusticiar a los que osaron cantar la Marcha Real. No mencionó el asalto al ABC ni a las armerías.

─Antes, a la 01:30, Maura resumió así los sucesos del domingo:

En el resto de la tarde grupos de ciudadanos recorrieron las calles de Madrid en manifestaciones pacíficas, salvo algunos pequeños incidentes que carecen de importancia, como, por ejemplo, el asalto a una armería (fueron dos) reprimido por la fuerza pública, que ha causado dos heridos a los asaltantes

Y añadió, quien alentó los motines arrestando a los monárquicos en Alcalá:

El Gobierno está decidido a no consentir manifestaciones colectivas en la calle; cortará de raíz todo intento venga de donde viniere; y el Gobierno sabe de dónde viene: de la reacción monárquica o extremistas de la izquierda.


Es decir, no lo sabía.

Así cortó de raíz el Gobierno los "pequeños incidentes": los bomberos recibieron órdenes de no actuar en los incendios ya iniciados; y la policía y la Guardia Civil, de no desarmar a los pistoleros.

En un notable ejercicio de cinismo, el católico Alcalá-Zamora le dijo a un país envuelto en llamas y humo:

El Gobierno, que no ha perdido un momento la serenidad ni el dominio de los resortes que están a su alcance, queda tranquilo de haber evitado días de luto, jornadas de sangre, aun cuando conserva el sentimiento de que en su batalla para defender el orden público no pudiera llegar con toda la eficacia de sus órdenes y de sus deseos a reprimir los excesos en propiedades, que todas son sagradas, y que las atacadas lo son bajo otro aspecto que afecta a las creencias de muchas personas.

(Ahora, 12.05.1931)

Estas actuaciones, inequívocamente políticas, ocurrieron en el contexto de una ofensiva del Gobierno provisional contra dos sectores de la sociedad que le hacían sentir muy inseguro en aquella situación de interinidad: los partidarios de un Rey que no había abdicado, y la poderosa Iglesia con sus millones de ciudadanos católicos detrás. Una ofensiva que prepararon asustando al país con rumores de conspiraciones y finalizaron expulsando al cardenal Segura y al obispo Múgica, deteniendo civiles y militares monárquicos y silenciando su prensa.

En cuanto a las turbas, que Alcalá y Azaña llamaban "pueblo" y el PSOE "muchachos golfos", la presencia de grupos organizados y provistos de miles de litros de gasolina (¿quién la pagaba?) que, en un Madrid convertido en "zona libre" a efectos policiales incendian veintiséis grandes edificios religiosos durante siete horas sin ser molestados, disparan a la Guardia Civil en ABC y a plena luz del día y a pocas calles de la Dirección General de Seguridad asaltan dos armerías, inevitablemente hace pensar en un grupo de agitadores políticos, pistoleros sindicales y delincuentes comunes controlados por "secciones especiales" de la policía que, si creemos sincera la indignación de Maura, bien pudieron haber actuado al servicio de otros miembros de aquel singular Gobierno.

En definitiva, todo apunta a un grupo organizado en equipos o células (agitadores, disparos, incendios, armerías) y dirigido por personas habituadas a movilizar masas en las calles. El PSOE, entonces "la buena izquierda" integrada en el Gobierno, acusó a comunistas y anarquistas. De los primeros existen algunas evidencias y testimonios: el 24 de octubre de 1931, cuando se debatía en las Cortes la suerte de las órdenes religiosas, su revista Mundo Proletario incitaría abiertamente a repetir los incendios de mayo:

Otra vez en la calle, los proletarios frente a los Conventos y al Parlamento reaccionario. Otra vez en la calle, clamor unánime contra los frailes. ¡Alerta Camaradas! Otra vez la metralla capitalista quiere ahogar tu fe comunista. Que no sea estéril ahora tu gesto incendiario.

En cuanto a los anarquistas, a tenor de su larga y entusiasta biografía incendiaria de iglesias y conventos cuesta imaginar que no hayan sucumbido a la tentación de participar en aquella gigantesca fogata anticlerical; y con una impunidad que jamás hubieran soñado.

Utilizando un símil militar, podría resumirse el Mayo de fuego como una operación conjunta llevada a cabo por distintas fuerzas (Gobierno, Ateneo, PCE, CNT) unidas tácticamente por un mismo objetivo estratégico: eliminar de la vida política a sus adversarios mediante el terror.

Confirmando que la violencia izquierdista de abril sería crónica o estructural, en mayo la República sumaba otros 12 muertos y 66 heridos de bala.

En Moscú se frotaron las manos. Con aquellos republicanos "progresistas" dispuestos a no reprimir la violencia de anarquistas y comunistas, e incluso a manipularla en su provecho, la República no podía comenzar mejor. España les interesaba cada vez más. El 17 de mayo, la troika dirigente del PCE: José Bullejos, Manuel Adame y Etelvino Vega se reunió en Moscú con el delegado de la Komintern, Humbert-Droz.
Bullejos comenzó por explicar la posición del partido durante el 14 de abril:

El primer papel de nuestro partido consistía en demostrar a la clase obrera y campesina el verdadero carácter de esta República, y de este modo movilizar a las masas contra la República.

Humbert-Droz redactó una carta para el PCE, con la línea actualizada:

El Partido debe también hacer comprender a las masas trabajadoras que los jefes socialistas y anarquistas de España están precisamente contra los soviets, porque los soviets son los verdaderos órganos de la revolución, la verdadera expresión de la democracia revolucionaria de obreros y campesinos (…) Inspirándose en el ejemplo de los bolcheviques en la lucha contra Kornilov, el Partido Comunista debe, sin sostener jamás al gobierno, luchar con toda la energía posible como una fuerza independiente; pero también como la vanguardia revolucionaria y el guía de las masas, contra toda tentativa de restablecimiento de la monarquía y complot contrarrevolucionario, aprovechando tales ocasiones para armar a las masas trabajadoras.

(Queridos Camaradas)

La troika española trasladó la línea a las bases en un documento interno:

Entonces, no creáis en ninguna promesa de vuestros enemigos. Convocad vosotros mismos reuniones generales de los obreros de vuestras fábricas. Elegid vuestros diputados entre vuestros compañeros del taller, a los que vosotros conocéis y no os traicionarán. Que vuestros diputados formen en cada ciudad el soviet de diputados obreros, amplia organización representativa que os una y defienda contra los capitalistas. Expulsad de entre vosotros a los republicanos burgueses y a los jefes socialistas y anarquistas, agentes de la burguesía que impiden la formación de los soviets. Cread comités de fábrica en las empresas, como apoyo para vuestros soviets. Armaos. Constituid la guardia obrera revolucionaria.

(Queridos Camaradas)

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